Hay palabras que, de tanto usarlas, corren el riesgo de quedarse sin contenido. Unidad es una de ellas.
La escucho a menudo en espacios de crecimiento personal, comunidades, familias, equipos, grupos terapéuticos o entornos que se definen como conscientes. Hablamos de unidad cuando queremos hablar de pertenencia, de caminar juntos, de sostenernos, de formar comunidad. Y todo eso puede ser profundamente valioso.
Pero quizá estamos utilizando una misma palabra para nombrar cosas bastante diferentes. Os cuento…
Un grupo puede estar cohesionado porque comparte una idea, unos valores, una identidad o un objetivo. La cohesión habla de la fuerza que mantiene unido al grupo, pero no necesariamente de la calidad humana de aquello que lo une. De hecho, sabemos el enorme poder que puede tener un grupo bien cohesionado: lo saben las organizaciones, las empresas, los movimientos sociales y cualquier estructura que necesite movilizar a personas alrededor de un objetivo común. La cohesión es una fuerza; la dirección que tome esa fuerza es otra cuestión.
La uniformidad es algo distinto. Aparece cuando para pertenecer empezamos a necesitar parecernos demasiado: pensar de una determinada manera, compartir un mismo relato o evitar aquello que pueda desentonar. Y cuando a eso añadimos la convicción de que nuestra manera de pensar es moralmente superior a la de los demás, el riesgo aumenta: el individuo puede ir perdiendo espacio frente a la identidad del grupo. Ya no solo compartimos algo; empezamos a necesitar que los demás también lo compartan para seguir perteneciendo.
Y después está la comunidad. Una palabra que para mí habla mucho más de relación: de estar con otros, de pertenecer sin desaparecer, de participar de algo común y poder seguir siendo alguien dentro de ese nosotros.
Entonces, ¿qué dejamos para la palabra unidad? Quizá algo todavía más profundo. La posibilidad de reconocernos formando parte de una totalidad sin necesidad de borrar nuestras diferencias. Unidad no significa pensar igual. Tampoco significa que nada se mueva. Mucho menos que nadie incomode.
Esta distinción me parece importante porque, cuando lo que realmente buscamos es cohesión, deberíamos poder llamarlo cohesión. Cuando buscamos uniformidad, aunque suene menos bonito, deberíamos reconocerla como tal. Y cuando defendemos una determinada identidad, una ideología o unos intereses compartidos, quizá también deberíamos nombrarlos.
No pasa nada por hacerlo.
El problema aparece cuando utilizamos una palabra con una enorme carga humana —unidad— para ennoblecer dinámicas que quizá tienen mucho más que ver con conservar intacto al grupo.
Y entonces aparece la pregunta que hace tiempo me acompaña:
¿Alrededor de qué nos estamos uniendo?
Porque podemos hablar el mismo idioma, compartir valores, repetir las mismas palabras y sentarnos alrededor de la misma mesa. Podemos incluso llegar a convencernos de que nuestra manera de entender el mundo es moralmente mejor que la de quienes están fuera.
Pero eso, por sí solo, no es unidad.
Podemos cohesionarnos alrededor del miedo, de una ideología, de una injusticia o de una idea que necesitamos proteger. Incluso alrededor de la existencia de un “otro” que hemos colocado fuera.
Y ahí la palabra empieza a complicarse.
Cuando aparece la nota disonante
Toda comunidad tiene, en algún momento, una voz que desentona. (o varias) Alguien pregunta lo que nadie estaba preguntando. Dice algo que incomoda. Vive una experiencia que no encaja con el relato compartido. O simplemente responde con honestidad a una pregunta y, de pronto, algo se mueve.
No necesariamente porque tenga razón. Esto también me parece importante decirlo. Ser la voz diferente no convierte automáticamente a nadie en portador de la verdad. Hay voces que atacan, voces que disfrutan rompiendo y personas que utilizan la sinceridad como excusa para no cuidar cómo dicen las cosas.
Pero también existen otras voces. Voces que no desean romper nada y, precisamente por eso, se atreven a señalar lo que ven. Que no buscan ganar una discusión, sino poder hablar de algo que está ocurriendo. Que preferirían continuar perteneciendo, pero no al precio de dejar una parte de sí mismas fuera.
Y aquí volvemos al principio. Cuando una comunidad solo puede mantenerse intacta mientras nadie desentone, quizá ya no estamos hablando de comunidad en el sentido profundo de la palabra. Quizá estamos hablando de cohesión, si lo importante es preservar al grupo; o de uniformidad, si para pertenecer necesitamos pensar, sentir o explicar lo vivido de una determinada manera. No es una cuestión menor de vocabulario. Nombrarlo bien nos ayuda también a entender qué estamos construyendo sin autoengaños.
No es solo una cuestión de palabras. La manera en que nombramos lo que construimos también puede impedirnos ver lo que realmente está ocurriendo
¿Y qué hacemos como grupo cuando aparece una de esas voces? Esta pregunta me interesa mucho más que cualquier declaración sobre nuestros valores. Porque pocas veces alguien dice literalmente: «Cállate». (casi lo prefiero!) pero tenemos maneras bastante más sofisticadas de hacerlo: Dejamos de llamar, cerramos puertas que antes estaban abiertas, retiramos la mirada. Cambia el gesto cuando esa persona llega. Dejamos de preguntar cómo está. Nos apartamos precisamente cuando atraviesa uno de sus peores momentos. Parece gracioso pero hemos llegado a una sociedad donde no hace falta expulsar formalmente a nadie para hacerle saber que ha dejado de pertenecer y luego recibir el sarcasmo de «Tú te has sentido rechazada». En los últimos años he aprendido algo importante: cada persona necesita responsabilizarse de sus emociones, de sus heridas y de cómo interpreta aquello que vive. En esto estamos de acuerdo pero eso es una herramienta de permisividad que hemos llevado demasiado lejos.
«Tú te has sentido rechazada.»
La frase es cierta, sí. El problema aparece cuando la utilizamos para borrar nuestra participación en lo ocurrido. Porque si yo te cierro una puerta, estoy haciendo algo. Si dejo de llamarte cuando antes lo hacía, estoy haciendo algo. Si miro hacia otro lado ante tu dolor, estoy haciendo algo. Y si participo del silencio mientras alguien es apartado, también estoy tomando una posición.
Somos responsables de nuestro mundo interno, sí. Pero también tenemos responsabilidad sobre cómo entramos en el mundo del otro.
No somos seres impermeables al vínculo. El rechazo duele. La pérdida de una relación duele. Descubrir que personas que estaban cerca desaparecen precisamente cuando nuestra vida se rompe puede doler muchísimo.
Evidentemente que después tendremos que atravesarlo. Tendremos que revisar qué parte pertenece a nuestra historia, qué hacemos con ese dolor y cómo seguimos caminando. Pero hacernos responsables de nuestro dolor no obliga a negar que hubo actos que hicieron daño.
Quizá madurar relacionalmente tenga que ver con poder sostener ambas cosas a la vez.
Lo que ocurre después
Y hay otra parte de todo esto de la que quizá hablamos menos: lo que ocurre después de haber dejado de pertenecer. Porque cuando algo se rompe dentro de una comunidad no siempre perdemos únicamente ese espacio. A veces se rompen amistades, cambian relaciones que creíamos sólidas, desaparecen llamadas, se modifican rutinas e incluso nos vemos obligados a tomar decisiones importantes para poder continuar.
Y todo eso necesita un tránsito.
Desde fuera puede resultar fácil decir «pasa página», «déjalo atrás» o «no te quedes ahí». Pero hay páginas que no se pasan por decisión. Primero hay que leerlas, comprender qué ocurrió, atravesar el dolor que dejaron y recolocar muchas cosas por dentro y por fuera.
Seguir adelante no significa hacer como si nada hubiera sucedido. Tampoco significa permanecer eternamente en el dolor. Hay un movimiento entre ambas cosas. Un tiempo en el que uno va soltando vínculos, reconstruyendo otros, entendiendo lo vivido y encontrando una nueva manera de estar.
Y quizá aquí también deberíamos ser prudentes con la rapidez con la que pedimos al otro que sane. Porque pedirle que «pase página» puede convertirse, sin darnos cuenta, en otra forma de pedirle que deje de hablar de aquello que todavía resulta incómodo mirar. ¿Quién tiene la prisa? A veces quien ha quedado fuera tendrá que hacer un enorme trabajo para continuar: volver a empezar Pero quienes permanecen dentro también podrían hacerse alguna pregunta. No para buscar culpables.
Para revisar qué ocurrió, qué lugar ocupó cada uno y qué parte de aquello también le pertenece.
No toda ausencia de conflicto es paz
Una comunidad puede parecer unida porque todos han decidido mirar hacia otro lado. Un grupo puede mostrarse cohesionado porque ha aprendido a apartar rápidamente cualquier voz que cuestione su manera de pensar.
Desde fuera, incluso, puede parecer armonioso. (Claro: cuando nada tiene permiso para desentonar, es bastante fácil presumir de armonía.)
Pero no toda cohesión es unidad. Y no toda ausencia de conflicto es paz.
A veces es miedo compartido o, muchas veces, comodidad colectiva. Y otras veces es una mentira protegida con muy buenos modales.
Esto ocurre en muchos ámbitos. La exclusión también genera cohesión. El bullying, por ejemplo, puede unir mucho a quienes participan de él: existe un lenguaje compartido, códigos, complicidades y alguien situado fuera que refuerza el sentimiento de pertenencia de quienes están dentro.
Y aquí hay una paradoja que me resulta especialmente incómoda. Cuando hablamos de bullying entre niños parece que lo tenemos bastante claro. Les enseñamos a no mirar hacia otro lado, a pedir ayuda, a no participar de la exclusión y a entender que quien observa también ocupa un lugar.
Pero crecemos y, curiosamente, nuestro lenguaje se vuelve mucho más sofisticado:
«No te metas, que no va contigo.»
«Déjalos, ya tienen sus problemas.»
«No te involucres, que acabarás salpicado.»
«Es que tiene problemas de autoestima.»
«Es muy desconfiada.»
Y quizá deberíamos preguntarnos si algunas veces no estamos haciendo con palabras adultas aquello que pedimos a nuestros hijos que no hagan en el patio del colegio.
Porque mirar hacia otro lado también puede proteger la cohesión del grupo. Es cómodo, evita conflictos y permite que quienes permanecen dentro continúen sintiéndose parte de algo. El problema es el precio que paga quien queda fuera.
Evidentemente, no todo conflicto entre adultos es bullying, ni toda distancia es exclusión. Pero quizá deberíamos revisar con algo más de honestidad cuándo estamos respetando un conflicto que no nos pertenece y cuándo simplemente estamos utilizando la prudencia como una manera elegante de no involucrarnos.
Y no deja de llamarme la atención que varias familias me hayan hablado, precisamente, de haber vivido algo que ellas mismas describen como «bullying entre familias». No hablo de una discusión, un desencuentro o de que alguien decida tomar distancia —eso forma parte de las relaciones humanas—. Cuando hablamos de bullying hablamos de algo distinto: una dinámica sostenida de hostigamiento, exclusión, aislamiento o desacreditación que va colocando a una persona, o a una familia, fuera del grupo.
Quizá no siempre podamos utilizar esa palabra para definir lo que ha ocurrido. Pero que distintas personas recurran a ella para explicar cómo han vivido determinadas dinámicas adultas debería, como mínimo, hacernos pensar.
Porque mirar hacia otro lado también es una posición. Y a veces lo más inquietante no es únicamente lo que hace quien excluye, sino la red de silencios que permite que esa exclusión se sostenga sin que nadie tenga que sentirse responsable de ella. (Quizá incluso exista la esperanza, más o menos consciente, de que cuando desaparezca la voz disonante todo vuelva a estar en paz. Y sí, probablemente vuelva cierta calma: ya nadie cuestiona, ya nada incomoda, ya no hay una voz que obligue al grupo a mirarse. Pero esa puede ser la paz de la uniformidad, no necesariamente la paz de la comunidad.)
Porque una comunidad no demuestra su fortaleza cuando consigue que deje de haber voces disonantes, sino cuando es capaz de hacerles espacio sin tener que expulsarlas, silenciarlas o convertirlas en el problema.
Y entonces me queda una pregunta bastante incómoda:
¿En qué momento el «no mires hacia otro lado» que enseñamos a nuestros hijos se convierte, entre adultos, en «no te metas, que no va contigo»?
Por eso el hecho de estar unidos no nos dice todavía demasiado sobre la calidad de aquello que hemos construido, és decir, que la mayoría este de un lado no convierte el error en acierto ni el consenso no convierte la mentira en verdad. Ni repetir todos el mismo relato no hace que ese relato sea necesariamente justo, verdadero o mejor.
Cuando la verdad rompe algo
Hay otra idea que me parece importante revisar: la creencia de que, si decir algo provoca una ruptura, entonces no debería haberse dicho.
No siempre. A veces una palabra dicha con cuidado hace visible una grieta que ya existía y seguramente entonces lo que se rompe no sea la unidad, sino su apariencia. (la mascara)
Por supuesto que no todo tiene que decirse siempre, en eso tengo un máster que me ha costado horas de terapia y sé que el silencio también puede ser profundamente cuidadoso. Hay momentos, formas y palabras que importan. La honestidad sin consideración hacia el otro puede convertirse fácilmente en violencia. Pero existe una diferencia enorme entre callar para cuidar y callar para que nada se mueva. (para que la máscara quede intacta, para que el ideal elegido como bueno siga siendo el ideal…)
Si nadie habla, una mentira puede instalarse. Si nadie corrige, un error puede crecer. Si todo se tapa, aquello que permanece debajo no desaparece por el hecho de que hayamos dejado de mirarlo.
Y llega un momento en que podemos terminar llamando unidad a algo que hace tiempo empezó a deteriorarse.
Por eso una verdad sólida no debería necesitar el silencio del otro para sostenerse, es decir puedo escucharte y seguir pensando que estás equivocado o dejarme tocar por ello. Y tú puedes escucharme y pensar exactamente lo mismo de mí. El encuentro no exige que uno de los dos desaparezca, ni tener que cuidar el cómo para no quebrantar tu vulnerable estrutcura que llevas recubierta de seguridad. (si es asi, quizas tu estructura esta hecha mas de ideales que de humanidad)
Una comunidad también se reconoce por cómo se mira
Para mí, una comunidad no se reconoce solamente por cómo recibe a quien comparte sus valores.
Se reconoce también por lo que hace con la voz que incomoda.
- ¿Puede escucharla sin convertir inmediatamente a esa persona en el problema?
- ¿Puede preguntarse si hay algo de verdad en aquello que está señalando?
- ¿Puede reconocer sus propios errores?
- ¿Puede decir «aquí tuvimos miedo», «aquí no supimos acompañar», «aquí hicimos daño» ++
- ¿Puede permanecer en el vínculo cuando ya no pensamos igual?
Hablar de nuestras luces es relativamente sencillo. Construir comunidad implica también ser capaces de mirar nuestras sombras.
Porque si una comunidad solo puede conservar una imagen positiva de sí misma expulsando todo aquello que la contradice, quizá no está protegiendo su unidad.
Quizá está protegiendo su identidad.
Y son cosas distintas. Una habla de humanidad y la otra de intereses, ideologías y creencias. Y me parece bien si es asi, solo que no se usen palabras que no son.
¿Unidad o ausencia de problemas?
Tal vez hemos colocado la unidad en un lugar que no le corresponde.
La unidad no debería estar primero porque la propia palabra es fruto de la verdad, la conciencia, la justicia, el cuidado, la responsabilidad y la capacidad de revisar nuestros propios actos.
Cuando invertimos el orden, podemos acabar sacrificando cosas esenciales simplemente para mantener al grupo intacto.
Y entonces quizá convenga hacernos una pregunta muy sencilla: ¿Busco realmente la unidad o busco no tener problemas?
Porque una comunidad viva tendrá diferencias. Tendrá heridas. Tendrá conversaciones difíciles. En algún momento tendrá que pedir perdón. Habrá personas que cambiarán, otras que se irán y otras que pensarán de manera diferente.
La cuestión no es conseguir que nada de eso ocurra. La cuestión es qué hacemos cuando ocurre.
Quizá la verdadera unidad no sea esa fotografía en la que todos sonríen y nada parece estar pasando. (muy instagram familia feliç)
Quizá tenga mucho más que ver con poder mirarnos cuando algo sí está pasando. Escuchar; Preguntar; Reconocer. Reparar cuando sea posible. Y aceptar también que hay momentos en los que seguir el propio camino será la única opción. Hacerlo sin necesidad de destruir al otro, pero tampoco llamando amor al abandono, paz al silencio o unidad a la exclusión.
Por eso, cuando escucho hablar de unidad, cada vez me interesa menos saber cuántos permanecen dentro y más qué estamos construyendo juntos.
¿Es unidad? ¿Es comunidad? ¿Es cohesión? ¿O es uniformidad? Porque no son lo mismo como hemos visto.
Quizá la pregunta ya no sea únicamente ¿alrededor de qué nos estamos uniendo?, sino también: ¿qué tiene que ocurrir con quien piensa, siente o vive diferente para que pueda seguir perteneciendo?
Y si para conservar nuestra paz necesitamos que alguien calle, se adapte o finalmente quede fuera, quizá la última pregunta sea inevitable:
¿Seguimos hablando de unidad… o simplemente hemos conseguido que ya nada desentone?
