Este texto es divulgativo. No pretende dar respuestas cerradas ni señalar culpables. Como todo lo que comparto en este espacio, es una invitación a la reflexión y al autoestudio. A detenernos un momento y observar cómo pensamos, desde dónde miramos y qué relatos compramos sin darnos cuenta. La psicología social no habla solo de “los otros” ni de grandes masas abstractas; habla también de nosotros, de cómo nos vemos influidos, de cómo construimos sentido y de cómo, a veces, defendemos ideas que no hemos terminado de pensar. Leer este texto no exige estar de acuerdo, solo estar disponible para preguntarse. Porque comprender cómo funcionan los procesos colectivos no es un ejercicio intelectual: es una forma de cuidado de la propia conciencia.
Cuando observamos la situación mundial actual, solemos buscar explicaciones en los mercados financieros, en la geopolítica o en los intereses económicos. Sin embargo, hay un nivel más profundo que suele pasar desapercibido: el psicológico y social. Los mercados se benefician de los movimientos sociales, sí, pero no los generan por sí solos. Antes de cualquier acción colectiva, protestas, polarización, adhesión acrítica a discursos o renuncias silenciosas, hay un proceso de moldeamiento psicológico previo. Y tú formas parte de eso.
La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno: No actuamos primero y pensamos después; muchas veces pensamos como el entorno nos ha enseñado a pensar. Se introducen ideas y conceptos que compramos directamente, apelando a nuestras creencias sobre la justicia o el activismo, y desde ahí, casi sin detenernos a reflexionar, actuamos en consecuencia.
Cómo funciona la psicología de masas
Las masas no se comportan como la suma de individuos reflexivos. Gustave Le Bon ya advertía que, en contextos colectivos, el pensamiento crítico disminuye y emerge una lógica emocional y contagiosa (Le Bon, 1895). Hoy sabemos que no se trata solo de emociones desbordadas, sino de procesos sociales estructurados. La psicología social contemporánea ha mostrado que las personas:
- Buscan pertenencia antes que coherencia.
- Priorizan la aceptación social frente a la duda.
- Ajustan sus creencias para evitar el conflicto interno y externo.
Solomon Asch demostró que individuos perfectamente capaces de razonar pueden negar la evidencia cuando la mayoría sostiene lo contrario (Asch, 1951)+. No por ignorancia, sino por presión social. La conformidad no nace de la debilidad individual, sino de la potencia de la situación.
Estrategias que anulan el pensamiento crítico
Existen mecanismos muy estudiados que preparan el terreno antes de que una masa actúe. Algunas de las estrategias más frecuentes son:
1. Normalización del discurso único
Cuando una idea se repite lo suficiente, deja de percibirse como ideológica y empieza a presentarse como algo obvio, natural, incuestionable. Ya no se vive como una postura concreta, sino como sentido común. En ese punto, la idea deja de discutirse: simplemente se asume. No porque haya sido razonada, sino porque ha sido normalizada. Michel Foucault mostró cómo los discursos dominantes no necesitan imponerse mediante la fuerza para ser eficaces. Su verdadero poder reside en definir silenciosamente qué es normal, qué es deseable y qué queda fuera de lo aceptable. Cuando un discurso logra establecer ese marco, las personas comienzan a autorregularse: ajustan su lenguaje, sus opiniones y hasta sus emociones para no salirse de él. La norma ya no viene de fuera; se interioriza. Así, determinadas ideas se instalan como verdades evidentes, aunque respondan a intereses concretos o a relaciones de poder invisibles. Lo que en otro momento habría generado debate pasa a vivirse como lo correcto, y cuestionarlo se interpreta como una amenaza, una desviación o una falta de conciencia. En ese escenario, la dominación no necesita castigo: basta con que el propio sujeto vigile su pensamiento y limite sus preguntas
2. Polarización moral
Poco a poco se construye un relato sencillo y emocionalmente potente: hay buenos y malos, correctos e incorrectos, conscientes e inconscientes. Esta forma de mirar la realidad resulta tranquilizadora, porque reduce la incertidumbre y ofrece una sensación clara de pertenencia. Sin embargo, esa misma simplificación bloquea la complejidad de los procesos sociales y humanos, y convierte la duda en sospecha. Preguntar demasiado, matizar o expresar incomodidad empieza a leerse como falta de compromiso, tibieza o incluso traición. En este contexto, el pensamiento matizado deja de ser bienvenido. No porque sea erróneo, sino porque introduce incomodidad en un relato que necesita coherencia emocional más que reflexión crítica. Solo se valida una forma de pensar, aquella que encaja con lo que se presenta como sentido común, como bien común o como justicia social. Son conceptos potentes, cargados de valor moral, que apelan a lo mejor de nuestras intenciones, pero que, cuando no admiten preguntas, pueden volverse rígidos. Así, muchas personas acaban alineándose con discursos que no terminan de comprender o integrar del todo, no por mala fe, sino por miedo a quedar fuera, a ser malinterpretadas o a perder un lugar en el grupo. La polarización no siempre se vive como agresividad; a veces se manifiesta como un silencioso autocontrol del propio pensamiento. Y es ahí donde el pensamiento crítico no desaparece de golpe, sino que se va apagando poco a poco, envuelto en buenas intenciones.
3. Saturación informativa y ruido
El exceso de información no genera más pensamiento, sino agotamiento cognitivo. Cuando todo es urgente, nada puede pensarse con profundidad. Vivimos reaccionando a estímulos constantes, titulares emocionales y mensajes breves que no dejan espacio para elaborar una opinión propia. En este contexto, el criterio se delega casi sin darnos cuenta: reaccionamos más de lo que reflexionamos. Cuestionar, contrastar o buscar otras fuentes deja de parecer válido en un mundo de scroll inmediato, donde detenerse se vive como quedarse atrás.
4. Apelación a la identidad antes que a los argumentos
“No importa tanto lo que pienses, sino quién eres”. Cuando una idea se asocia a una identidad social, cuestionarla implica arriesgar la pertenencia al grupo. Si te reconoces dentro de un colectivo, se espera que sumes sin fisuras a los discursos que lo representan. Esto genera tensiones internas difíciles de sostener. Muchas personas sienten hoy contradicción con los partidos o movimientos con los que se identificaban, no tanto por un cambio ideológico radical, sino por no poder integrar discursos que ya no resuenan. Tal vez estas polarizaciones hablen menos de giros políticos y más de fracturas internas no elaboradas.
5. Obediencia desplazada
Milgram mostró que muchas personas obedecen no por convicción, sino porque sienten que la responsabilidad no les pertenece (Milgram, 1963). Hoy esa autoridad no siempre tiene un rostro humano. Puede ser un algoritmo, una institución, un “consenso científico” mal comprendido o un discurso moralizado que indica qué pensar y cómo posicionarse. Cuando la responsabilidad se diluye, el pensamiento crítico se apaga sin que lo notemos, amparado en la sensación de estar actuando “como toca”.
Poder, instituciones y extituciones
Tradicionalmente, el poder se ejercía desde instituciones visibles: el Estado, la escuela, la prisión, el hospital. Foucault las analizó como dispositivos disciplinarios, donde el control se ejerce sobre los cuerpos y las conductas. Sin embargo, hoy asistimos a un desplazamiento: muchas formas de control ya no operan desde instituciones cerradas, sino desde lo que algunos autores llaman extituciones. Espacios difusos, descentralizados, aparentemente voluntarios: plataformas digitales, redes sociales, sistemas de evaluación permanente, métricas de rendimiento, discursos de autooptimización. En las extituciones no hace falta prohibir: el sujeto se autocorrige, se vigila y se adapta. El poder ya no ordena; sugiere, seduce y orienta. Como señala Foucault, el biopoder no busca reprimir la vida, sino gestionarla (Foucault, 1976).
Aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: discursos que se presentan como liberadores, pero que, en la práctica, exigen una adhesión acrítica casi total. Se habla de libertad mientras se penaliza la discrepancia. Se habla de conciencia mientras se invalida la duda. Esta forma de incoherencia discursiva no siempre se impone desde la fuerza; muchas veces opera de manera simbólica, sutil, envolvente, y por eso resulta tan eficaz.
Desde mi ideal social y relacional, me gustaría poder pensar en una sociedad construida de forma conjunta, no polarizada, donde las opiniones puedan ser escuchadas sin miedo y donde el diálogo no se viva como una amenaza. Quizá una de las preguntas clave sea esta: ¿hasta qué punto nuestros propios miedos nos dificultan la escucha? ¿Qué discursos no puedes escuchar en tu vida sin activarte emocionalmente? ¿Cómo juzgas las opiniones que no están alineadas con tus creencias?
A veces nos situamos, casi sin darnos cuenta, en el “lado de los buenos”. Pero ¿quién decide quién es bueno y quién no dentro del discurso político o social? ¿Son siempre más válidas las voces que hacen más ruido? ¿La mayoría tiene necesariamente razón? La psicología de masas nos recuerda que el volumen no es sinónimo de verdad, ni la pertenencia a un grupo garantiza una mayor coherencia ética.
Personalmente, el límite entre lo aceptable y lo inaceptable no lo marco por ideologías, sino por algo más básico y humano: el respeto y el no dañar. Me he formado en psicoterapias humanistas y me duele observar cómo determinados discursos , del color que sean, generan odio, malestar y fractura emocional. Cuando una causa pierde la capacidad de cuidar al ser humano, algo esencial se ha perdido por el camino.
La no violencia y el respeto deberían estar siempre en primera línea. Da igual la bandera que se coloque en un balcón si no va acompañada de humanidad. No por portar símbolos de Palestina, del feminismo u otros movimientos sociales se es moralmente superior a quien defiende la libertad religiosa, la situación en Irán o la realidad en Venezuela. Las causas pueden ser distintas, pero la base debería ser común.
Detrás de todas ellas tendría que existir una humanidad compartida, capaz de cuestionar la norma social que clasifica a las personas entre buenas y malas, conscientes o inconscientes, válidas o descartables. Quizá el verdadero acto de conciencia hoy no sea alinearse sin fisuras, sino atreverse a pensar con criterio propio, escuchar sin miedo y sostener el desacuerdo sin deshumanizar al otro.
Cómo se moldea el pensamiento colectivo
El pensamiento colectivo no se impone de golpe ni aparece de manera abrupta. Se construye progresivamente, casi sin que lo percibamos, a través de pequeños ajustes en la forma en que miramos y entendemos la realidad. Primero se delimita el marco de lo pensable: qué temas pueden ponerse sobre la mesa y cuáles quedan fuera del debate. Después se establece qué emociones son legítimas y cuáles deben ser contenidas, ridiculizadas o silenciadas. No todas las reacciones emocionales tienen el mismo valor; algunas son celebradas y otras se convierten en motivo de sospecha.
A continuación, se refuerza la adhesión al discurso dominante, premiando la alineación y penalizando la disidencia, muchas veces de forma sutil: a través del reconocimiento social, del silencio incómodo o de la exclusión simbólica. No hace falta censura explícita cuando la propia persona aprende a autocontrolar lo que dice y piensa. Finalmente, el pasado se reinterpreta para justificar el presente. Se seleccionan ciertos relatos, se omiten otros y se construye una narrativa que da coherencia a lo que hoy se considera incuestionable. Berger y Luckmann (1966) , en sus estudios sobre la construcción social de la realidad, explicaron cómo las ideas, normas y significados que compartimos no surgen de forma natural, sino que se crean, se repiten y se institucionalizan a través de la interacción social, hasta el punto de vivirse como evidentes e incuestionables. Es precisamente en ese momento, cuando lo construido se confunde con lo natural, donde el pensamiento crítico corre más riesgo y donde se vuelve especialmente necesario recuperar una mirada consciente y reflexiva.
Un ejemplo claro y especialmente sensible de cómo se construye el pensamiento colectivo lo vivimos durante la pandemia de la COVID-19. No tanto por las decisiones individuales en sí mismas, sino por el marco social desde el que se pensaban esas decisiones. En poco tiempo se delimitó qué era pensable y qué no, qué preguntas resultaban legítimas y cuáles incómodas. El discurso dominante se presentó como el único responsable y posible, dejando a menudo poco espacio para la duda razonable o la reflexión pausada.
La gestión del miedo tuvo un papel central. Ante una amenaza real, el miedo actuó como un potente organizador social: facilitó la obediencia, redujo la tolerancia a la incertidumbre y aumentó la necesidad de seguridad. En ese contexto, muchas personas confiaron en las instituciones y siguieron normas colectivas no por falta de criterio, sino porque la situación invitaba más a obedecer que a cuestionar, algo ampliamente descrito por la psicología social.
Estas dinámicas también fueron abordadas en espacios académicos, como el Congreso de Emergencias Sanitarias y Médicas organizado por la Universitat Oberta de Catalunya, donde se reflexionó sobre cómo la comunicación, el miedo y el discurso único influyen en la toma de decisiones colectivas en contextos de crisis. No para juzgar medidas concretas, sino para comprender cómo se moldean las respuestas sociales cuando la urgencia y la incertidumbre son máximas.
Algo parecido puede observarse, desde otro registro, en series como Dopesick, donde se muestra cómo determinados discursos legitimados y creencias científicas incuestionadas pueden ir configurando constructos mentales colectivos que apenas se cuestionan en el momento en que se producen. No como una acusación, sino como una invitación a revisar cómo se construyen las certezas.
Mirar estos procesos con cierta distancia no implica culpar a quienes actuaron de una u otra manera, sino reconocer cómo el miedo, la autoridad y la necesidad de pertenencia influyen en el pensamiento colectivo. Recuperar esta mirada permite recordar algo esencial: cuestionar no es atacar, y pensar con criterio propio no debería vivirse como una amenaza, sino como una forma sana y responsable de participación social. Y no solo ocurre en contextos de crisis. En foros de estudiantes universitarios, también en psicología, se percibe una creciente incomodidad: la sensación de que el pensamiento crítico y la creatividad quedan a veces desplazados por la repetición de discursos esperados. Aprender se vive, en algunos casos, más como memorizar y alinearse que como cuestionar y comprender. Dicho de forma simple y algo triste a mencionar: si no lo dices como se espera, no avanzas. Una percepción que, más allá de generalizaciones, invita a preguntarnos qué lugar estamos dejando al criterio propio.
Cómo proteger tu propio criterio
Proteger el criterio propio no significa aislarse ni volverse antisocial. Significa recuperar la capacidad de pensar en relación, pero no en sumisión. Algunas claves:
- Distinguir entre consenso y verdad.
- Sospechar de los discursos que no toleran preguntas.
- Revisar si una idea te convence por argumentos o por miedo a quedar fuera.
- Recuperar espacios de silencio y reflexión no mediada.
- Recordar que la coherencia ética no siempre coincide con la coherencia grupal.
Pensar por uno mismo no es un acto heroico; es un ejercicio cotidiano de higiene psicológica. En tiempos de masas movilizadas, la verdadera resistencia no siempre es gritar más fuerte, sino no delegar el pensamiento.
Reflexiones finales
Quizá la intención más profunda de este texto no sea explicar la psicología de masas, sino poner en evidencia nuestros propios sistemas de creencias.
Por eso la pregunta no es solo qué defiendes, sino qué te sostiene defenderlo.
¿Qué banderas levantas? ¿Desde qué emoción? ¿Desde qué herida, miedo o deseo de pertenencia?
Hablamos mucho de justicia social, pero pocas veces nos preguntamos desde dónde hablamos. ¿Desde la reflexión o desde la reacción? ¿Desde un deseo genuino de transformar o desde la necesidad de frenar algo que nos desborda internamente? A veces defendemos discursos de justicia en espacios lejanos mientras reproducimos violencia relacional en lo cotidiano: en la familia, en el barrio, en la comunidad más cercana. Y esa incoherencia no nos hace malas personas, nos hace humanas.
En muchas ocasiones compramos relatos completos porque nos ofrecen identidad, alivio o la sensación de estar “del lado correcto”, incluso cuando algo dentro de nosotras no termina de encajar. Reconocerlo no es un fallo; lo verdaderamente problemático es renunciar a pensar, dejar de revisar, dejar de escuchar. Este texto no invita a cambiar de opinión, sino a revisar cómo se construyen. A observar cuándo dejamos de dialogar y empezamos a repetir. A notar cuándo una idea deja de ser una herramienta de conciencia y se convierte en una consigna que piensa por nosotras.
La psicología social nos recuerda algo incómodo pero esencial: nadie está fuera de la influencia. La libertad no consiste en no ser influido, sino en darse cuenta de cómo y por qué lo somos, y poder decidir dentro de las posibilidades reales con mayor conciencia. Quizá ahí empiece una forma más honesta de justicia, de compromiso y de responsabilidad personal: cuidar a nuestras familias, a nuestros barrios, a nuestra comunidad cercana; mirarnos con amabilidad, respeto y coherencia; hablarnos y escucharnos sin miedo a ser acusadas por pensar distinto.
No deshumanicemos al otro por sus creencias que casi siempre son más frágiles y desmontables de lo que creemos. Antes que banderas, somos personas. Y quizá el mayor acto de conciencia hoy sea atrevernos a vernos así.
5 tips para observar cómo te influye la psicología social en tu vida
- Observa tus reacciones emocionales antes que tus argumentos
Cuando algo te activa mucho, pregúntate: ¿estoy pensando o reaccionando? La emoción suele ser la puerta de entrada de la influencia social. - Detecta qué discursos no puedes escuchar
Aquello que te cuesta escuchar sin enfado suele señalar un punto sensible: identidad, miedo o pertenencia. - Pregúntate qué ganas al defender una idea
Más allá de si es “correcta”, ¿te da sentido, pertenencia, alivio, seguridad? ¿como miras a quien defiende lo contario? - Revisa si repites frases que no has elaborado
Cuando hablas con consignas, probablemente alguien más esté pensando por ti. - Mira cómo tratas al diferente en lo cercano
La coherencia no se mide en redes ni en grandes causas, sino en cómo escuchas, respetas y cuidas a quien piensa distinto en tu entorno inmediato
Si este texto te ha resultado interesante o te ha invitado a pensar un poco más, no dudes en compartirlo con tus amigas y amigos. Al hacerlo, no solo me ayudas a mí, sino que también puedes ayudar a otras personas a abrir preguntas, a mirarse con más conciencia y a sostener conversaciones más humanas.
Feliz vida.
Bibliografía
- Asch, S. E. (1951). Effects of group pressure upon the modification and distortion of judgments. En H. Guetzkow (Ed.), Groups, leadership and men (pp. 177–190). Carnegie Press.
- Berger, P. L., & Luckmann, T. (1966). The social construction of reality: A treatise in the sociology of knowledge. Anchor Books.
- Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
- Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.
- Le Bon, G. (1895). Psychologie des foules. Félix Alcan.
- Milgram, S. (1963). Behavioral study of obedience. Journal of Abnormal and Social Psychology, 67(4), 371–378. https://doi.org/10.1037/h0040525
